¡Cuidado con el urbanismo neutro!

¡Cuidado con el urbanismo neutro!

El diseño y la planeación urbana fallan cuando no consideran los patrones diferenciados de movilidad de mujeres y hombres. Hasta ahora, poco se toma en cuenta el trabajo de cuidado que realizan mayoritariamente las mujeres o las situaciones que ellas enfrentan durante sus viajes. Nombrar estas omisiones es necesario para construir ciudades para todas y todos.

Trabajo de cuidado
Hay un trabajo que todos los días alimenta, limpia, sana, otorga cariño, administra los gastos, paga las cuentas, educa, lleva, trae y un largo etcétera. Un trabajo que se hace sin horario fijo, sin vacaciones, seguridad social, aguinaldo, jubilación u otra prestación que acompaña idealmente el trabajo remunerado. Un trabajo que se hace «por amor», muchas veces antes y después del que se hace «por dinero». Un trabajo que se realiza de forma gratuita, «invisible», casi mágica. Un trabajo mayormente –e injustamente– en manos de las mujeres: el trabajo de cuidado.
En promedio las mujeres en el mundo destinan entre 13% (Tailandia) y 28% (México) de su tiempo en actividades de trabajo doméstico y de cuidado no remunerado, mientras que los hombres destinan entre 3% (Japón) y 13% (Suecia). En el caso de Alemania, las mujeres destinan 18% de su tiempo y los hombres un 10% a estas tareas. En 2013 en México, el trabajo de cuidado representó aproximadamente el 20% del Producto Interno Bruto nacional, mientras que en Alemania, el valor de éste alcanzó como mínimo la cantidad de 826 mil millones de euros, lo equivalente a un tercio del Producto Interno Bruto nacional.
¿Y todo esto, qué tiene que ver con la movilidad y el transporte?

Movilidad diferenciada
El trabajo de cuidado, al estar en una línea continua entre el espacio privado y el espacio público, implica patrones de movilidad diferenciados para quienes lo desempeñan.
Debido a que los varones se concentran principalmente en los trabajos productivos remunerados, su movilidad es lineal, se origina en los lugares de residencia y concluye en los centros de trabajo, sucede en horarios de «oficina», sus recorridos son de larga distancia, en transporte motorizado y sin compañía.
Los viajes de las mujeres, por el contrario, responden primordialmente a propósitos diversos y simultáneos, a recorridos más cortos y en tiempos más variados, con destinos escalonados, en transporte público (52%-75% de los usuarios en América Latina), en compañía de personas a su cuidado, y con carga de paquetes o bolsas. Para ejemplificar: las mujeres abordan el transporte público para ir a trabajar a las 8:00 am, gestionan mejoras en el hogar y en el barrio a las 11:00 am, van por niñas y niños al colegio a las 2:00 pm, pasan al supermercado a las 2:30 pm, llegan a casa con niños, compras y pertenencias a las 3:30 pm, llevan a niñas y niños a actividades extraescolares a las 4:00 pm, regresan a casa a las 6:00 pm, y así sucesivamente.
Desafortunadamente, aunque estos dos tipos de movilidad puedan ser observados con claridad, no han sido integrados en la planeación, el diseño ni en el monitoreo de servicios y espacios en las ciudades. Hoy en día, las rutas, los horarios, las tarifas, incluso el diseño de autobuses, vagones y paraderos no contemplan estas diferencias, como son «neutros», se centran en mover a las personas de sus hogares a los trabajos, en horarios «pico» (entrada y salida del trabajo), con costos que incluyen viajes solitarios y lineales, y espacios donde personas acompañadas encuentran dificultad para viajar cómodamente.
Para diseñar andadores, banquetas y cruces peatonales tampoco se consideran los trabajos de cuidado. Considerar las diferencias como vestir falda y tacones, empujar o jalar carriolas o carritos repletos de compras, caminar cargando a una niña pequeña o acompañando a una persona mayor al médico implicaría diseñar y construir banquetas anchas y sin obstáculos, mantenerlas en buen estado y limpias, demoler los «puentes anti-peatonales» que abundan por las ciudades latinoamericanas, establecer luminarias que se centren en las personas que transitan las banquetas y no en los autos que circulan las avenidas entre otras medidas.

Violencia en el espacio ­público
De igual forma la planeación, el diseño y el monitoreo de servicios y espacios en las ciudades tendrían que preguntarse en qué condiciones las mujeres realizan dichos viajes. Es decir, ¿las mujeres viajan de forma segura?
El acoso sexual callejero y otras formas de violencia están presentes en los viajes que hacen las mujeres a lo largo del día y hasta la noche, no importa si los realizan caminando, en autobús, tren o taxi; con falda o pantalón; solas o acompañadas. De acuerdo con un estudio publicado por CEPAL, en México, Perú, Colombia y Chile, 9 de cada 10 mujeres afirman haber experimentado algún tipo de acoso sexual en el espacio público. El término incluye miradas lascivas, insinuaciones obscenas, rozamientos, exhibicionismo y tocamientos sin consentimiento. En algunos casos, la violencia contra las mujeres en el espacio público también incluye violaciones, desapariciones forzadas y feminicidios. Violencias que impiden a las mujeres transitar y vivir las ciudades en plena libertad y autonomía. Actos que las excluyen, que las hacen temer por sus vidas.
Todo lo anterior es importante ya que impacta directamente en cada esfera de la vida de las mujeres, en la consecución de sus metas profesionales, personales o familiares, en sus recursos y tiempo disponible, en el disfrute de los espacios públicos, incluso en su presencia en estos.

Desarrollo urbano para ­todas y todos
Ante la visión «neutra» del desarrollo urbano y la movilidad, que es ciega a las diferencias en los roles y por lo tanto en las necesidades de mujeres y hombres, se hace indispensable un desarrollo urbano y movilidad «igualitarios en derechos». Que tomen en cuenta las necesidades e intereses de mujeres y hombres a lo largo de su ciclo de vida, de todas las condiciones e identidades; en los que se reconozca, haga visible y permita la corresponsabilidad de los trabajos de cuidado entre el Estado, la iniciativa privada, las comunidades y entre los hombres y las mujeres; que garantice la participación significativa y activa de todos los actores, muy especialmente de las mujeres durante la planeación, implementación y evaluación de los proyectos urbanos; que creen espacios públicos y privados libres de violencia y faciliten las actividades productivas, reproductivas, de educación, divertimiento, artísticas y otras para la inclusión y el disfrute de todas las personas. Es decir, ciudades que se construyan para todas las mujeres y todos los hombres.

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