Por iniciativa de la Fundación Heinrich Böll, se llevó a cabo durante el mes de julio del 2013, un con- versatorio sobre la “Política de Género en el Gobierno de Enrique Peña Nieto”. En ese momento, la nueva administración pública federal llevaba poco más de diez meses en funciones, pero ya se habían publicitado con gran estruendo diversas iniciativas en materia de participación política y derechos de las mujeres así como sobre incorporación transversal de la perspectiva de género en las políticas públicas, que obligaban a discutir si éstas eran parte de un programa más integral o sólo parte del discurso.
Los distintos instrumentos normativos de la agenda de igualdad entre mujeres y hombres han señalado de manera sistemática la necesidad de transversalizar el enfoque de género en los marcos programáticos de política pública. Ello porque esta vía garantiza que el actuar del estado se rija bajo los principios de igualdad, no discriminación, equidad y paridad, y por tanto se atienda de manera diferenciada a mujeres y hombres, eliminando así las desigualdades estructurales por motivos de género.
El año 2013 ha sido para México paradójico y extraño. Simultáneamente ha sido el del cambio y el del no cambio. Por una parte la alternancia política ha representado transformaciones profundas en la normatividad laboral, de la educación, de las telecomunicaciones, de las instituciones financieras, de la hacienda pública, de las de regulación electoral y política y ahora en la energía. Por otra parte, ha sido un periodo de no cambio en la evolución socioeconómica, de las políticas de coyuntura y de la situación de inseguridad y de violencia.
Ivan Illich advirtió que el subdesarrollo es una mentalidad que ocurre cuando las necesidades básicas son convertidas en la demanda por productos manufacturados o, en sus palabras, cuando “se ha transformada la sed en la necesidad de una Coca-Cola”. Si Illich hubiera estado presente en México en mayo 2013, cuando la Secretaría de Desarrollo Social (SEDESOL) dió a conocer la firma de los acuerdos de asociación con Nestlé y Pepsi-Co para ser actores estratégicos en la implementación de la Cruzada Nacional contra el Hambre –el programa social prioritario del gobierno de Enrique Peña Nieto–, quizás hubiera dicho que el hambre en México se ha transformado en la necesidad de tomar leche Nido y comer unas Sabritas.