8-M(éxico)

El feminismo tiene este año, en su semana grande, un intenso sabor latino. Mientras en Europa, con España a la cabeza, se aplaca el ardor de los últimos años en las calles -inmerso el movimiento en una correosa pelea teórica- en países como Argentina, Chile y México los ánimos están encendidos y la lucha por la igualdad asoma vigorosa.

Protestas feministas en Ciudad de México

Apenas en los últimos meses, como si se tratara de calentar motores para conmemorar el 8-M, las protestas públicas se han sucedido hasta doblar el brazo a los gobiernos, que en ocasiones se han visto obligados a enderezar sus políticas o, como poco, a rectificar sus torpezas verbales. En cada nación se impone una realidad acuciante que no admite ya los ritmos sosegados a los que acostumbra la política. Como en tantas otras ocasiones, la calle marca el paso y los poderes se ven impelidos a reaccionar.

México muestra las cifras más dolorosas de Latinoamérica, y en algunos capítulos, posiblemente del mundo. Los datos oficiales recogen un promedio de 10 mujeres asesinadas al día y la opacidad social en este terreno indica que pudieran ser más. La sociedad no está anestesiada, sin embargo. Dos de los últimos crímenes, truculentos como pocos, revolvieron la ira con la que convive el país. Los casos de Ingrid Escamilla y la niña Fátima, de siete años, han servido para decir basta. La impunidad de estos asesinatos ronda el 90%; faltan en México fiscalías especializadas para investigar con perspectiva de género estos crímenes; denunciar la violencia contra la mujer es un camino tortuoso de culpabilidad, miedo y burla, si es que no acaba en una violación en la propia comisaría. Cuando todo ello se hacía patente en las protestas callejeras, el Gobierno se ha despachado con desatinos atronadores, más preocupado, parecía, por recriminar algunos altercados urbanos en las manifestaciones feministas que por poner coto a la violencia contra la mujer.

El presidente Andrés Manuel López Obrador, con un partido que algunos sitúan a la izquierda, alcanzó un gran resultado en las urnas que insufló esperanza en algunos ámbitos, como el feminismo. El descontento no ha tardado en evidenciarse. Organizaciones de mujeres han aporreado las puertas del palacio presidencial para exponer unas reivindicaciones perentorias. “Perdonen que molestemos, pero nos están matando”, repiten muchas feministas cuando se les pregunta por las discrepancias surgidas con el Gobierno. Y en las pancartas de las marchas moradas se lee el mismo lema, tan sangriento como real. Pero las puertas han permanecido cerradas, algo de lo que se duele Patricia Olamendi, quien trabaja en políticas de mujeres en Naciones Unidas, y se queja de un gobierno que no recibe a las asociaciones de mujeres ni tiene en cuenta sus propuestas. “No hay respuestas”, ha lamentado.

 “Cabe hablar incluso de un retroceso en el diálogo que manteníamos años atrás con ciertas instituciones y personas que ahora están en el Gobierno. Nos han cerrado los espacios. Valoramos que el Gobierno sea paritario y admitimos que no canalicen los recursos mediante algunas organizaciones para evitar la corrupción, pero han cortado el diálogo con ellas”, asegura Ana Yeli Pérez Garrido, asesora jurídica del Observatorio Ciudadano Nacional de Feminicidios (OCNF).

Interpelado el presidente sobre las asesinadas y las medidas de su Gobierno contra esta masacre, apenas pudo López Obrador esbozar algunos “deseos” benevolentes en una de sus conferencias de prensa matutinas. A su desconocimiento sobre asuntos básicos del feminismo, se ha sumado cierta molestia, incomodidad, quizá enfado, con los medios de comunicación que le insistían sobre este asunto. “¿No basta con lo que estoy diciendo? Ah, bueno, a ver, a ver, el mensaje para el feminismo”, siguió, condescendiente. Y acto seguido recitó un decálogo ramplón de apoyo a las mujeres que acabó con un “¿ya?” que sonaba a hartazgo.  El presidente se mostraba a la defensiva en uno de los problemas más graves que tiene su país.

"Tienen razón las mujeres cuando gritan su furia"

La lenta y descabalada maquinaria gubernamental ha mostrado, finalmente, algunas reacciones ante el ruido de las mujeres. El crimen de Ingrid Escamilla obligó a la fiscalía a abrir una investigación para determinar qué policías habían filtrado a la prensa las fotos del cuerpo desmembrado de la joven. Seis agentes entre los que fueron a la casa de la víctima ese día están siendo investigados, aunque nada se ha hechos público hasta el momento y ya han pasado semanas. Fuentes de la fiscalía aseguran que “el caso no está parado, ya han declarado varias personas al respecto y continúa la integración de la carpeta”. La fiscal se comprometió también a investigar el asunto con sus claves de género. No es un dato huero, puesto que el fiscal general de la República, Alejandro Gertz Manero, había soliviantado los ánimos de las diputadas de Morena (el partido de López Obrador) y del resto de las feministas, sugiriendo que el delito de feminicidio debería desaparecer por la dificultad para determinarlo en un proceso. Después negaría haberlo propuesto.

También la investigación por el secuestro y asesinato de la niña Fátima exhibió una diligencia inusual, más rápida que la de Escamilla. En apenas unas horas hubo detenciones aunque la prensa ha señalado también diversas negligencias que rodearon el caso.

Pero lo más significativo fue la puesta en escena, este mismo jueves, de todas las secretarias de Estado del gobierno federal en una conferencia de prensa en la que, una tras otra, fueron desgranando las políticas más feministas de sus departamentos y dieron un espaldarazo a la manifestación del 8-M. Los discursos habían cambiado. La secretaria de Gobernación, Olga Sánchez Cordero, se refirió explícitamente a las organizaciones de mujeres como aliadas necesarias para gobernar. “Las mujeres son la prioridad de la Cuarta Transformación”, dijo Sánchez Cordero. “Tienen razón las mujeres cuando gritan su furia. Se nos ha acabado el tiempo, no vale decir que solo llevamos un año, debemos demostrar que somos el cambio, que ya no es lo mismo, que no nos gobierna la indiferencia”, añadió Nadine Gasman, la titular de Inmujeres.  Esta conferencia conjunta de la parte femenina del Gobierno constituía, en toda regla, una urgente rectificación de los últimos traspiés del presidente.

El Gobierno debe ser consciente de que la agenda feminista le puede ocasionar más de un disgusto si no se pone manos a la obra. La violencia de género, con sus tortuosas aristas, no es algo que repugne solo a las mujeres, aunque sean ellas quienes monopolicen la protesta pública. Tampoco es un asunto que concierna únicamente a la izquierda, aunque el movimiento de las mujeres naciera en ese ámbito y haya permanecido a ese lado durante décadas. Los crímenes incumben a todo el mundo, y el presidente corre un riesgo, que ya tiene cifras, de perder popularidad. Una encuesta publicada esta semana por el diario ‘Reforma’ reporta una caída de 19 puntos, de un 78% a un 59% en la aprobación que conceden los ciudadanos al presidente y no pocos han relacionado este descalabro con algunas desafortunadas declaraciones de López Obrador hacia los feminicidios. “Desde luego, la violencia contra la mujer ha tenido que ver. En este asunto, que interesa a la mitad de la población y a muchos otros, ha cometido errores importantes. Aunque él no sea el experto, ni el que se dedique directamente a estas políticas, es el presidente y no se le ha visto mucha sensibilidad al respecto”, dice Pérez Garrido, del OCNF. “Puede que los conservadores que ahora se suman al feminismo, como dice López Obrador, no le hayan apoyado nunca, pero hay otros que son más moderados, o quienes estamos aún a la expectativa con este Gobierno, que también estamos preocupados por el mensaje que está lanzando el presidente. Quizá cree que las organizaciones que nos dedicamos a apoyar a las víctimas no representamos mucha fuerza electoral, pero debe saber que somos pocas, pero hacemos mucho y se están minimizando nuestras funciones”, añade Pérez Garrido, también directora de la asociación Justicia Propersonas. 

Feminismos en guerra

Ni siquiera se declara feminista Frida Guerrera y, sin embargo, su certera interpelación al presidente en una famosa mañanera dejó al desnudo el desconocimiento de López Obrador sobre la lucha por la igualdad entre hombres y mujeres. A partir de las preguntas de esta activista comunicadora, que ha trabajado durante años codo con codo con las familias de las víctimas de violencia de género, se puso de manifiesto esa “insensibilidad” a la que ahora atribuyen los medios de comunicación su descenso en el reconocimiento ciudadano.

Frida Guerrera sabe lo que es el dolor. “Claro que hay un machismo estructural en México y se necesita derrocar estas estructuras que vienen de las Iglesias, pero creo que esto no es una guerra de hombres contra mujeres, porque he visto sufrir a muchos padres y a muchos hermanos también. Y para colmo no les dejaban manifestarse contra la violencia. Jamás haría una marcha separatista”, afirma.
Pone el dedo sobre una llaga que estos días está en carne viva: los feminismos, así llamados en plural, están en guerra abierta. La más salvaje la están protagonizando las transactivistas contras las feministas radicales, o sea, cierto feminismo que engloba o trata de proteger las diversas opciones sexuales, frente al feminismo radical, el clásico, que sitúa a la mujer en el primer plano de su lucha por la igualdad. Los ataques en las redes son furibundos. Las feministas radicales opinan que el transactivismo está diluyendo el objetivo del movimiento y que detrás de todo ello están los hombres ganando su batalla. “Tránsfobas”, les responden en las redes.

En Europa, el asunto es una herida que los preparativos del 8-M están haciendo sangrar a chorros. Latinoamérica no es ajena a esta polémica, pero el plano teórico, en países como México, donde la sangre es real, se ha aparcado en pro de la unión y bajo una causa: primero está la lucha contra la violencia. “Nos están matando”. Arussi Unda, la portavoz de las Brujas del Mar, una jovencísima organización que ha conseguido convocar la huelga de mujeres del 9-M en México haciendo mucho ruido en Internet, apela estos días a una unión duradera de los feminismos. Cree que es el mejor legado que se le puede transmitir a las nuevas generaciones que vienen luchando con fuerza. “O los feminismos nos unimos o les quedaremos mal a las chavas”, ha dicho en una reciente entrevista en el diario español EL PAÍS.  Ella se adscribe en el feminismo radical y ha recibido crueles ataques en las redes. Piensa que el movimiento transfeminista es más propio de gente joven que aún no ha perfilado el problema en su globalidad. “Creo que es un modelo paternalista que considera a las mujeres las madres protectoras de todas las causas”. Pero aboga por la paciencia y la experiencia como guías en este asunto tan afilado.

En lo teórico y en lo práctico, el feminismo de México tiene fuerza y relevo generacional, como se ve. “Es inédito este vigor en las exigencias de las mujeres. No creo que haya un movimiento que esté cuestionando al Gobierno con más fuerza y no se conforma con las respuestas que recibe del poder”, dice Rebeca Ramos, directora de la organización GIRE para el acceso al aborto legal y seguro. “Se están levantando las voces, hay esperanzas”, asegura.

El aborto es una de las reivindicaciones que está dando más satisfacción al movimiento para la igualdad. El triunfo de los pañuelos verdes en Argentina o pasos como los que dio el Estado mexicano de Oaxaca dejan ver la luz de esperanza a la que se refiere Rebeca Ramos. En Argentina, donde cada año mueren alrededor de medio centenar de mujeres tratando de interrumpir un embarazo no deseado y donde miles de niñas (2.350 en 2018) son madres con menos de 14 años, el asunto se ha visto siempre como una prioridad. El ahora presidente lo prometió en su campaña y ya ha anunciado el ingreso de la ley en el Congreso. Esto lanza un mensaje claro a las manifestaciones que vendrán: la lucha en la calle sirve. Con ese “espíritu verde” y la pañolada por todo lo alto reciben este año el 8-M las argentinas.

El éxito precede también a la marcha chilena, que tendrá una comisión paritaria para reformar una Constitución que viene de la época de Pinochet. Si los ciudadanos deciden en plebiscito seguir adelante, hombres y mujeres intervendrán en ese proceso en pie de igualdad.  Las protestas chilenas han conquistado el Sí se puede. El presidente, Sebastián Piñera, ya sabe que sus chistes machistas no traen nada bueno. Pero no siempre lo recuerda a tiempo. En los últimos días ha cometido un grave desliz que rápido se han apresurado a corregir, sin éxito, la ministra de Igualdad y la esposa de Piñera (las primeras damas suelen intervenir en cuestiones de feminismo, no así de Economía). “No es solo la voluntad de los hombres de abusar, también la de las mujeres de ser abusadas”, se despachó Piñera. Como en México, sus palabras atizan la causa feminista. El desconocimiento profundo que manifiestan algunos líderes políticos en ese terreno está ayudando a rejuvenecer las protestas.

En Chile, el movimiento de las mujeres, como en Nicaragua (aunque amordazado por las fuerzas policiales), como en México, como en Argentina está abocando a los gobiernos a cambiar sus políticas, pero en la lucha por la igualdad un paso adelante a veces encadena un paso atrás, mejor dicho, un siglo de involución. De recordar eso se ha encargado esta semana Nicolás Maduro, el mandatario venezolano: “Las mujeres, a parir, a tener seis hijos cada una”.