En el estado de Jalisco, en México, que ocupa el primer lugar en desapariciones a nivel nacional, las familias buscadoras de personas desaparecidas han transformado el espacio público en un territorio de memoria. Una glorieta, muros, predios marcados por la violencia se han convertido en lugares donde nombrar, recordar y exigir. Estos sitios no surgen desde la institucionalidad, sino que son construidos con las manos, las voces y la persistencia de quienes buscan, como una forma de hacer visible una crisis que se resiste a ser ignorada.
Para ello, se recuperan distintas experiencias de memorialización impulsadas por las familias buscadoras de Jalisco: el memorial de la Ley de la Verdad, levantado sobre un sitio de exterminio en Lagos de Moreno; la Glorieta de las y los Desaparecidos en Guadalajara, convertida en un emblema de denuncia y encuentro colectivo; el mosaico con huellas que una madre migrante instaló en las inmediaciones de la ahora Vicefiscalía en Personas Desaparecidas del Estado; los murales impulsados por el colectivo Por Amor a Ellxs como ejercicios de visibilización y resistencia; las primeras disculpas públicas otorgadas en un caso de desaparición, a Natividad Guerrero y otras familias, como una forma parcial de reconocimiento institucional; y las jornadas de pega de fichas de búsqueda que han transformado calles y espacios urbanos en territorios de memoria y búsqueda permanente.
Este artículo recorre esas experiencias desde las voces de las propias familias. A través de sus relatos, se exploran los procesos de apropiación, los lenguajes de la memoria, las disputas por el espacio público y las tensiones con el Estado. También se abordan las dimensiones emocionales, colectivas y políticas que sostienen estos sitios en el tiempo, mostrando cómo la memoria es al mismo tiempo un acto de amor, una herramienta de denuncia y una forma de seguir buscando.
Apropiación del espacio y resignificación urbana
“Los lugares de memoria no se piden, se toman”, afirman Moni y Esperanza, integrantes de Por Amor a Ellxs. En Jalisco, los espacios de memoria no surgieron de políticas públicas, sino de la ocupación constante de lugares cotidianos hasta convertirlos en territorios de presencia para quienes faltan. El Parque Rojo, en el centro de Guadalajara, es uno de esos casos. “Ahí nacimos”, recuerda Moni. “Ahí nos juntábamos todos los miércoles, ahí hicimos las mantas, ahí hicimos las primeras manifestaciones”. Lo que comenzó como un punto de reunión se transformó en un espacio de articulación política y afectiva, siguiendo también la huella de otras luchas, como las de Bordamos por la Paz, cuyas integrantes se reunían ahí desde 2011.
La apropiación del espacio público, sin embargo, ha implicado disputas. “La iniciativa del mural, lo queríamos hacer en el Parque Rojo y nos corrieron”, recuerdan. Frente a intentos institucionales de contener o invisibilizar estas expresiones, las familias han insistido en hacer visible la desaparición mediante mantas, fichas y mensajes: “existe la desaparición y a mí me falta el mío”. La misma lógica se replicó en otros lugares. En Lagos de Moreno, un predio marcado por la violencia extrema fue resignificado en 2017 como el primer memorial para víctimas en Jalisco. “¿Cómo van a hacer ahí un memorial?”, cuestionaban los dueños. Las familias respondieron: “Nosotros lo vamos a recuperar”.
Algo similar ocurrió con la Glorieta de las y los Desaparecidos de Guadalajara. La toma de ese nodo urbano interrumpió la normalidad de la ciudad para insertar en ella la crisis de desaparición. Nombrar y colocar fotografías se volvió una forma de restitución simbólica. Así, las familias reconfiguran el paisaje urbano para afirmar que quienes faltan siguen estando.
Memoria desde abajo, agencia de las familias y acción colectiva
Ante la ausencia o insuficiencia del Estado, las familias han tenido que convertirse en organizadoras, gestoras y voceras de sus propias luchas. “Nos tocó abrir muchísimas puertas porque no existía nada”, dice Moni. Desde ahí, la memoria se construye desde abajo, creando espacios de reconocimiento para quienes faltan y disputando su visibilidad frente a una sociedad que tiende a normalizar la desaparición. “El tener el espacio de memoria es recordar que existen”. Esa memoria se teje en red. En 2020, el colectivo artístico #SinJusticiaNoHayPaz se sumó a familias de Por Amor a Ellxs para pintar un mural en Guadalajara por el Día Internacional de las Víctimas de Desapariciones Forzadas. Cuando el mural fue borrado la respuesta no fue el repliegue, sino insistir: volver a pintar en otro punto de la ciudad la frase “Hasta encontrarles”.
La agencia de las familias también implica construir alianzas y movilizar recursos. En Lagos de Moreno, el memorial La Ley de la Verdad surgió de vínculos con organizaciones y periodistas: “empezamos con organizaciones pequeñas… y gracias a eso se pudo hacer algo bonito y simbólico”. La memoria se sostuvo desde la vida cotidiana. “Yo me iba con mi uniforme de la escuela y ahí estábamos pintando todos”, recuerda América, hermana de una de las víctimas.
La experiencia de la Glorieta de las y los Desaparecidos muestra también cómo la legitimidad de estas acciones proviene del peso moral de las familias. Estudiantes y docentes buscaban crear un espacio de memoria, en el marco de la desaparición de Marco, Daniel y Salomón, tres estudiantes universitarios quienes fueron desaparecidos en el año 2018: “quisieron abrigarse con nosotros, con las familias”, precisa Marlety. En medio del dolor, la comunidad se volvió sostén: “cuando se nos quebraba la voz, nos acompañó el grito ¡No están solas!”. Así, las familias no solo construyen memoriales, sino redes de acompañamiento y una forma colectiva y persistente de hacer memoria frente a la ausencia institucional.
Materialidades y lenguajes de la memoria colectiva
En el caminar de las familias también han creado mantas con nombres rostros, frases y exigencias. “Esas mantas han viajado por toda la República”, cuentan Moni y Esperanza. Con ellas circulan también historias de vida, nombres y vínculos que extienden la memoria más allá de un solo territorio. Nombres, rostros, pañuelos bordados, mantas, losetas y fichas de búsqueda forman parte de los lenguajes con los que las familias hacen visible la ausencia. Estas materialidades no son únicamente objetos: constituyen una gramática afectiva y política frente a la tendencia de reducir la desaparición a cifras. Bordar un nombre, sostener una manta o pegar una ficha implica afirmar que alguien falta y evitar que su ausencia se vuelva abstracta. En la Glorieta de las y los Desaparecidos, las primeras intervenciones fueron jardineras con nombres inscritos que el tiempo desgastó. Esa experiencia abrió paso a una apuesta más permanente: “Nos vamos a aventar con todo”, dice Marlety sobre la colocación de las losetas para fijar la memoria en el espacio público.
Las fichas de búsqueda, en cambio, funcionan desde la circulación constante. Las familias las describen como “dispositivos de esperanza”. Cada semana, integrantes de colectivos como Luz de Esperanza recorren la ciudad pegando miles de fichas con el rostro y nombre de las personas desaparecidas en puntos estratégicos para ampliar las posibilidades de encontrar a quienes faltan. La práctica supone también una disputa continua con las autoridades, que las retiran o cubren. “Vuelven a retirar… y las volvemos a pegar”, dicen las familias.
En esa insistencia, las fichas dejan de ser solo herramientas de búsqueda y se convierten en declaraciones políticas. No se trata únicamente de colocar información, sino de ocupar visualmente la ciudad con los rostros de quienes faltan. Así, murales, bordados, mantas y losetas conforman un archivo vivo que permanece en las calles, en los muros y en las manos que continúan nombrando.
Ética de la memoria en sitios de exterminio
Cuando la memoria se ancla en un sitio de exterminio, deja de ser solo una forma de visibilizar la ausencia y se convierte en una confrontación directa con las huellas de la violencia extrema. En Lagos de Moreno, el lugar conocido como La Ley del Monte concentra esa transformación. Ahí, explica América, “ellos fueron desaparecidos, torturados, asesinados y disueltos en ácido en esta finca”. Nombrarlo así es ya una forma de intervención. La decisión de convertir el predio en memorial implicó una apuesta ética profunda: “Resignificarlo porque realmente fue un lugar donde hubo demasiada violencia”. No se trataba de borrar lo ocurrido, sino de sostenerlo en el espacio y obligar a que permanezca visible. Frente a la pregunta “¿y ya?, ¿ya se quedó así?”, la respuesta fue construir un sitio donde la historia siga contándose. “Aquí se tiene que seguir nombrando, los rostros van a estar ahí para que la gente los vea”.
El memorial, inaugurado en 2017 como el primero de su tipo en Jalisco, levantó un mural con los rostros de siete personas desaparecidas en el año 2013 en el mismo lugar donde fueron llevados contra su voluntad. Así, la finca dejó de ser únicamente un espacio de horror para convertirse también en un lugar de verdad: de La Ley del Monte a La Ley de la Verdad. Pero esa resignificación no elimina el peso del sitio. “Hasta es de miedo que quieras vivir en un lugar donde calcinaron cuerpos… ¿no te mueve algo?”, cuestiona América.
Intervenir estos espacios implica sostener tensiones permanentes entre memoria, denuncia y duelo. “Yo sigo nombrando, sigo contando la historia donde quiera que voy”, dice América. Como explica Marlety, estos lugares recuerdan que “la violencia sigue… y que muchos de los que seguimos buscando pueden estar en una fosa clandestina”. Así, los sitios de exterminio resignificados como memoriales se convierten en territorios incómodos donde coexisten horror, dignidad y verdad.
Campo de disputa frente a narrativas oficiales
Cada intervención en el espacio público abre una disputa por su significado y por quién tiene derecho a nombrar la violencia. En ese terreno, las familias buscadoras han enfrentado amenazas, obstáculos administrativos e intentos de borramiento. En el Parque Rojo, mientras Por Amor a Ellxs realizaba una manifestación, estudiantes que las acompañaban fueron amenazados por policías. “¿Les toman foto?”, preguntaron ellas, dispuestas a denunciar. En otros momentos, la advertencia fue directa: “si pegan las placas, van a ir a la cárcel”.
La confrontación también ocurre desde la burocracia. El memorial en Lagos de Moreno estuvo detenido durante meses por la retención deliberada de permisos. “Nos traen a vuelta y vuelta”, recuerda América cuando acompañaba a su mamá que salía llorando de la Fiscalía. Solo después de hacer pública la situación recibió el documento, firmado desde tiempo atrás. “Querían que nos cansáramos”, concluye.
Otra disputa se expresa en el borramiento material. Las fichas de búsqueda colocadas por colectivos como Luz de Esperanza son retiradas o cubiertas por funcionarios municipales. Frente a ello, las familias responden reinstalándolas una y otra vez. Mientras unos buscan “limpiar” la ciudad de imágenes incómodas, otros insisten en devolverles visibilidad.
La tensión se intensifica en espacios como la Glorieta de las y los Desaparecidos. Bajo discursos de embellecimiento urbano y proyectos vinculados al Mundial 2026, han surgido intentos de restablecer el monumento. En este contexto, colectivos y familias denunciaron el proyecto de intervención de la organización Alas de libertad, que buscaba retirar las losetas, aunado a iniciativas de limpieza social y urbano, bajo el argumento de “recuperar el sentido cívico y militar del espacio”. La respuesta de las familias ha sido contundente: “ni lo intenten, ni intenten quitarnos la Glorieta”. Aunque existen momentos de apertura institucional, prevalece una sensación de abandono. “El gobierno sigue sin reaccionar… nos hemos sentido muy solas”, dice Marlety. Frente a narrativas oficiales que minimizan o criminalizan a las víctimas, las familias sostienen una memoria incómoda y persistente. “Hacemos lo que podemos cuando el gobierno no hace lo que debe”, resume Marlety.
Respuestas colectivas de restauración ante el borramiento
Las intervenciones de memoria impulsadas por las familias no sólo enfrentan resistencias institucionales o disputas simbólicas; también son objeto de agresiones directas. Murales borrados, fichas arrancadas y memoriales deteriorados forman parte de una violencia que busca impedir que los rostros y nombres permanezcan visibles.
El mural #HastaEncontrarles, impulsado desde Por Amor a Ellxs, apareció destruido apenas un día después de que las familias de personas desaparecidas en Jalisco se reunieran con el Comité contra la Desaparición Forzada de la ONU en su visita oficial de 2021. “No sabemos si fue un acto político… pero es raro”, dice Moni. El mural amaneció cubierto con siglas ajenas, como si alguien quisiera imponer otra marca sobre ese espacio. No era la primera vez. Antes, otra barda había sido retirada cuando ya estaba lista para intervenirse. Luego consiguieron un nuevo espacio, pero duró apenas 24 horas antes de ser nuevamente grafiteado. “¿Tú crees que te vas a desgastar en buscar la barda, los recursos, juntar a todas las familias para que llegue un cabrón y te lo destroce?”, cuestiona Moni. Cada intento de fijar la memoria en el espacio público parece enfrentarse a un borramiento inmediato.
En Lagos de Moreno, el deterioro del memorial también ha sido constante. “Se está olvidando, y lo están destruyendo... ¿Quién?”, pregunta América. Aunque el sitio cuenta con reconocimiento formal, permanece desprotegido. “Cada vez que íbamos veíamos menos”, recuerda. El desgaste no es solo material, sino emocional. “Todo esto desgasta emocionalmente”, dice América. Sin embargo, frente al ataque, la respuesta ha sido restaurar: volver a pintar, volver a pegar, volver a nombrar. Cada restauración se convierte en una acción política contra el olvido.
Rituales, prácticas y pedagogías de memoria
Antes de las losetas y los murales, hubo listones verdes. “Porque el verde es esperanza”, enfatiza Esperanza. Con ellos, las familias ocuparon plazas y espacios públicos invitando a la gente a escribir el nombre de una persona desaparecida y colgarlo en tendederos colectivos. Estas acciones no eran improvisadas: implicaban orientar a quienes se acercaban, explicar rutas de búsqueda y compartir información. También surgieron prácticas como los pañuelos bordados en el Parque Rojo, considerados por algunas familias como uno de los primeros registros de personas desaparecidas en Jalisco. Estos espacios eran más que puntos informativos. “Un espacio de reflexión”, recuerda Moni. La repetición de listones, nombres y conversaciones fue construyendo una pedagogía pública sobre la desaparición. Personas que llegaban sin conocer el tema salían con preguntas y una conciencia distinta sobre la crisis que atraviesa el estado.
En el contexto de la construcción colectiva del mural #HastaEncontrarles, la memoria también se sostuvo desde prácticas afectivas y comunitarias: canciones, alimentos compartidos, globos blancos con nombres escritos. “Éramos como 150 personas en un acto de amor, de propios y extraños”, recuerdan Moni y Esperanza.
Las prácticas religiosas ocupan un lugar central. Misas, rosarios y vigilias en la Glorieta de las y los Desaparecidos han convertido el espacio en un punto de encuentro espiritual. “No tenemos que ir a la iglesia; la iglesia sale al encuentro de las familias”, explica Marlety. La presencia de la Pastoral de la Misericordia, el Coro de Madres Buscadoras y las ceremonias en fechas clave entrelazan fe y memoria. En ese cruce entre lo íntimo y lo público surge comunidad. “Nos tratamos como si nos conociéramos de toda la vida”, dice Marlety. Así, estas prácticas enseñan a nombrar la desaparición, a acompañar y a sostener colectivamente la memoria frente a la ausencia.
Disculpas públicas: dignificación, memoria y límites
Las disculpas públicas ofrecidas por el gobierno de Jalisco a las familias de Dalia, Luis, Bernardo y Carolina marcaron un precedente al reconocer públicamente y por primera vez omisiones y fallas en la investigación de sus desapariciones. Para Natividad Guerrero, doña Nati, madre de Dalia, ese gesto tiene un peso importante: “es memoria para ellos”. En un contexto atravesado por la revictimización, el reconocimiento institucional de las inconsistencias no es menor.
Sin embargo, el camino hacia ese acto estuvo marcado por tensiones, tanto así que tuvo que haber una disculpa pública de las disculpas públicas que inicialmente dieron la Secretaría General de Gobierno y la Fiscalía del Estado de Jalisco. Las mesas de trabajo previas con autoridades estuvieron atravesadas por desacuerdos y promesas incumplidas. “Nada de lo que ellos dijeron haber aceptado fue cierto”, recuerda doña Nati. Incluso un día antes del evento persistían restricciones de acceso y decisiones unilaterales sobre quién podía participar o hablar. El primer acto de disculpa reflejó esas fricciones: las autoridades evitaron nombrar con claridad su responsabilidad y las familias tuvieron que insistir en que se leyera una carta escrita por un nieto y se permitiera el acceso a medios de comunicación. Las críticas llevaron a que el gobernador propusiera repetir el acto. La segunda disculpa, realizada en el Palacio de Gobierno, fue distinta. “Se me hizo lo correcto, me quedé satisfecha”, dice doña Nati. Para ella, ese reconocimiento permitió dignificar la memoria de sus familiares y confrontar narrativas que suelen criminalizar a las víctimas. “Para acusar a alguien hay que tener fundamentos”, subraya.
Pero las familias también reconocen los límites de estos actos. Las disculpas no sustituyen la verdad, la justicia ni las garantías de no repetición. No devuelven a quienes faltan ni transforman las condiciones que hicieron posible la desaparición. “Todas las familias merecen una disculpa pública”, sostiene doña Nati, aunque insiste en que el reconocimiento simbólico debe acompañarse de procesos reales de verdad y justicia.
Duelo, esperanza y persistencia
La búsqueda atraviesa el tiempo, las emociones y la vida cotidiana. “No nomás es andar con el pico y la pala”, dice Moni. También implica construir memoria, insistir y nombrar a quienes faltan para sostener su presencia frente a la ausencia. En ese proceso, el tiempo no avanza de manera lineal: se acumula en acciones repetidas todos los días. “Todos los días posteo algo de los míos, para mí esa es la memoria”, comparte Moni. Nombrar se vuelve una forma de resistencia frente a la desaparición simbólica: “al no nombrarlos tú, los desapareces también”. Así, publicaciones, fotografías y pequeños gestos cotidianos se convierten en una extensión de la búsqueda.
Pero la persistencia convive con el desgaste. Frente al deterioro de un memorial, América insiste: “yo no estoy cansada… lo voy a seguir nombrando”. Para ella, dejar de hacerlo significaría perder lo último que permanece: “eso es lo único que hace que se recuerde”.
La desaparición también transforma el duelo. “No hay un lugar donde ir a hablar con nuestros hijos”, dice Marlety. En ese vacío, espacios como la Glorieta de las y los Desaparecidos adquieren un profundo significado. “Es mi espacio de llorar, de gritar… de preguntar dónde está mi hijo”. Aunque sus seres queridos no estén ahí, el lugar permite materializarlos. La esperanza coexiste constantemente con el duelo. Persiste “la lucecita” de encontrarles, y esa esperanza sostiene la búsqueda y mantiene viva la convicción de que quienes faltan no han sido olvidados y siguen siendo esperados.
Impactos en la ciudadanía y reconfiguración del sentido común
Los sitios de memoria no solo interpelan al Estado; también confrontan a la sociedad y disputan la manera en que se entiende la desaparición. “Cuando la sociedad no está sensibilizada… le da igual mientras no le pase”, señalan integrantes de Por Amor a Ellxs. La indiferencia aparece como una forma de distancia que permite normalizar la violencia.
Sin embargo, esa indiferencia puede transformarse. En Lagos de Moreno, los primeros casos de desaparición eran recibidos con sospecha: “¿en qué andaban?”. Con el tiempo, y conforme la violencia se extendió, la percepción cambió. “Ahora cada familia tiene un desaparecido… por eso ya hay empatía”. Lo que antes parecía ajeno se volvió cercano y compartido. En ese proceso, los memoriales han modificado la mirada pública. “Cuando le dimos un significado de esperanza y de amor… la gente lo ve desde otro punto”, explica América. Los nombres, rostros y símbolos obligan a detenerse y reconocer que detrás de las cifras hay vidas y ausencias concretas.
La tensión, sin embargo, persiste. En torno a la Glorieta de las y los Desaparecidos han surgido voces que consideran que afecta la “imagen” de la ciudad o incomoda a quienes buscan entretenimiento. Para las familias, precisamente esa incomodidad es necesaria para romper la normalización. “Te jala la vista”, dice Marlety. La Glorieta obliga a mirar una realidad que muchas personas preferirían evitar. Ese encuentro produce distintas reacciones. Algunas personas se acercan, leen los nombres, preguntan o ofrecen palabras de aliento. “Hacernos ver que no estamos solas”, explica Marlety. Otras eligen apartar la mirada. “Es imposible no verlo… decidimos ser indiferentes”, reflexiona Fernanda. Aun así, las familias insisten en sostener estos espacios porque saben que algo cambia en cada mirada que se detiene y en cada conversación que se abre. Poco a poco, la desaparición deja de percibirse como un problema ajeno para convertirse en una realidad compartida.
Los memoriales como de denuncia y documentación
Los memoriales también disputan las narrativas que reducen a las personas desaparecidas a cifras o versiones estigmatizantes. “Que no se nos olvide que ellos no fueron eso”, dice América. Por eso, en el memorial de Lagos de Moreno, junto a cada rostro aparecen gustos, afectos y detalles de vida, con la intención de restituir su identidad frente a discursos que los deshumanizan. Estos espacios también documentan y denuncian. Decir públicamente “aquí pasó esto” implica confrontar preguntas que el Estado sigue sin responder: ¿por qué ocurrió?, ¿por qué continúa pasando?, ¿cuántos sitios similares existen? “No es la primera ni la última finca”, advierte América, señalando que los sitios de exterminio forman parte de una violencia estructural y persistente. El memorial no cierra la historia: la mantiene visible e incómoda.
Algo similar ocurre en la Glorieta de las y los Desaparecidos. Con el tiempo, el espacio se ha llenado de nombres, losetas y fichas de búsqueda. “La estamos tapizando más”, dice Marlety. Pero cada nuevo nombre también evidencia que la crisis continúa. “Deberíamos de poner que ya están localizados, no que se sumen más”. La Glorieta se convierte así en un registro vivo del crecimiento de las desapariciones. En estos espacios, la memoria se vuelve inseparable de la exigencia de derechos. “No hay avances”, repite Marlety, señalando la falta de resultados en las investigaciones y búsquedas. A la vez, las familias construyen un archivo social que trasciende lo oficial, como ocurrió antes con los pañuelos bordados que documentaban desapariciones ignoradas por las autoridades.
Futuro y sostenibilidad de los sitios de memoria
La pregunta que plantea el colectivo Por Amor a Ellxs resume el desafío de estos espacios: “¿cómo puedes hacer un lugar de memoria que respeten?”. La permanencia de los memoriales no depende solo de su construcción, sino de las condiciones que permitan sostenerlos sin que se desgasten, se borren o pierdan sentido. Ese futuro está atravesado por el paso del tiempo. Hay madres y padres que envejecen, personas que ya no pueden mantener el mismo ritmo de búsqueda. Frente a ello, América insiste:“Yo no estoy cansada… yo lo voy a seguir nombrando”. En esa afirmación aparece el compromiso para impedir que el silencio se imponga.
Sin embargo, las familias subrayan que el cuidado de estos sitios no puede recaer únicamente en ellas. “No creo que solamente nos corresponda”, señalan. Mantener memoriales implica recursos, protección y seguimiento institucional. “Que realmente los resguarden… que haya un protocolo… que se sancione a quien lo destruye”. La exigencia apunta a que el Estado asuma su responsabilidad sin apropiarse políticamente del significado construido por las familias.
Mientras tanto, las familias continúan sosteniendo prácticas cotidianas de cuidado. “Vamos a seguir luchando y poniendo bonita esa Glorieta”, dicen sobre ese espacio convertido en un símbolo de unidad. “Tenemos un mismo corazón y una misma meta”. La sostenibilidad de estos sitios depende así de una articulación compleja entre el compromiso persistente de las familias, la corresponsabilidad institucional y la apropiación social. Porque lo que está en juego no es sólo conservar el pasado, sino sostener una memoria colectiva que siga exigiendo verdad, justicia y dignidad.