Archivos sin cuerpo: las otras maneras de recordar

Vuelos nocturnos sobre un mar sin fondo

Enzo Traverso y Phillipe Joutard advirtieron de los conflictos entre la memoria y la historia, debido a la tensión entre los recuerdos de los testigos y las narraciones profesionales. Para sortear el debate entre lo vivido y lo narrado, ambos intelectuales recomendaron conciliar la experiencia con la academia. Pero, en un país como México ¿cómo se logran equilibrar memorias e historias violentas, inconclusas y desconocidas? 

La historia radical de la mitad del siglo XX mexicano continúa fragmentada y subterránea.  Pese a los esfuerzos de un campo social emergente (con comunidades victimales, periodistas, sociedad civil, academia y funcionariado) por escribir historias públicas sobre el pasado reciente, la mayoría de la población ignora que entre 1965 y 1990, diversas generaciones de militantes enfrentaron al autoritarismo posrevolucionario, que reaccionó con operaciones contrainsurgentes que devinieron en la prisión, muerte y desaparición de miles de personas. 

Por décadas, el Estado se negó a buscar y recordar a las víctimas, investigar a los responsables y reparar integralmente los daños; la impunidad permitió que, a partir del 2006, la desaparición forzada o por particulares se repitiera sistemáticamente hasta superar la cifra de 132 mil personas desaparecidas y no localizadas.  Por ello, la no repetición se ha convertido en un propósito de las comunidades buscadoras, a través de la labor sustantiva de la memoria. 

Durante la última década en México, miles de historias se han materializado en memoriales, murales, antimonumentos, marcas y sitios de memoria replicados en espacios públicos de casi todas las ciudades del país. Además de recordar a las personas desaparecidas, estos ejercicios de memoria contradicen el negacionismo estatal sobre las desapariciones y denuncian el nulo acceso a la búsqueda y la justicia. Una parte de las iniciativas de memoria son efímeras tras ser destruidas o vandalizadas.  Otras, en cambio, se han consolidado como espacios simbólicos.

Las familias, junto con artistas y organizaciones, han explorado otras formas de hacer memoria, que incluyen museos y creaciones artísticas como documentales, películas, teatro y performance. Archivos documentales, fotográficos y de objetos que provienen de la intimidad familiar son expuestos en museografías o escenarios, en donde visitantes y espectadores les otorgan otros significados. 

La silla vacía

La silla vacía es un museo de la memoria que se inauguró el 30 de agosto de 2024 en Atoyac de Álvarez, Guerrero y está ubicado en pleno ex cuartel militar en el que, cincuenta años atrás, el ejército mexicano desapareció a centenas de personas. Tita Radilla, junto con otras compañeras de AFADEM (Asociación de Familiares de Detenidos Desaparecidos y Víctimas de Violaciones a los Derechos Humanos en México) reciben a los visitantes y guían el recorrido por las exposiciones “Voces acalladas, vidas Truncadas”, “Montañas Invisibles” y “Mantos de impunidad”.

La sala más grande está habitada por cientos de fotografías con pequeñas cédulas de identificación de personas desaparecidas tanto en el pasado como en el presente, y de familiares que han fallecido sin conocer verdad y paradero.  En una especie de altar esquinado se muestran objetos mortuorios, como las cajas de plástico en las que fueron restituidos los restos óseos de Lino Rosas Pérez y Esteban Mesino Martínez, militantes del Partido de los Pobres asesinados el 2 de diciembre de 1974. Una cruz de concreto está acostada en el piso con flores coloridas alrededor. El signo fue la marca del lugar en que los hermanos Roberto Reyes Piedra y Rubén Izazaga Piedra, después de ser ejecutados, fueron inhumados en 1975 al lado de la carretera hacia Zihuatanejo. En octubre del 2025, Roberto y Rubén fueron exhumados y la cruz que los acompañó fue colocada en el museo.

En la Sala Audiovisual de la Memoria se muestran una serie de objetos, entre los que destacan prendas de ropa. Le preguntamos a Tita quiénes eran los dueños de ese par de guayaberas, un pantalón y una falda que cuelgan de una pared. Mientras colocaba flores entre los pliegues de la ropa, nos contó sus historias: la guayabera amarilla de tono bajito es de Heriberto Valdovinos Nario, originario de Atoyac y detenido el 13 de diciembre de 1977. Junto está el pantalón azul celeste de Lucio Gámez Mendiola, detenido el 20 de noviembre de 1974 en El Ticui, Atoyac. Heriberto y Lucio permanecen desaparecidos.  

En la esquina cuelgan juntas una guayabera verde pistache y una falda azul. Pertenecen al matrimonio de Miguel Nájera Nava y Margarita Cabañas Ocampo. Miguel fue detenido el 23 de abril de 1973 en San Vicente de Benítez, Atoyac, de donde fue trasladado al Campo Militar número 1. Ahí habría aprendido a tejer ropa. Como pudo, logró enviar un par de cartas a su familia, junto con una falda azul que tejió para su esposa Margarita y una “mañanita” naranja con azul para su hija Berenice. La familia no supo más nada de Miguel. Su esposa Margarita lo buscó hasta su muerte. 

Prendas expuestas en La Silla Vacía

En la Sala Audiovisual de la memoria también se muestran utensilios de trabajo que pertenecieron a personas desaparecidas, como el cuerno de toro que usaba Rosendo Radilla Pacheco para convocar a reuniones en plena sierra y también para arriar su ganado; están la espuela, la punta de arado y el serrucho de Julio Galindo Romero, las tijeras de peluquero de Lucio Cabañas Tabares y el hacha de Antonio Llanes Díaz.  Todos estos objetos fueron donados por sus esposas, hijas e hijos, “algunos tras mucho trabajo de convencimiento”, confesó Tita Radilla. Y ¿cómo no resistirse? cuando tras las violentas detenciones y el tiempo transcurrido, esa ropa y utensilios pudieron haber sido lo poco que sobrevivió de las personas amadas.

Vuelos nocturnos sobre un mar sin fondo

 “Vuelos nocturnos sobre un mar sin fondo”, creación de la compañía Teatro Línea de Sombra, se estrenó el 29 de enero de 2026 en el Centro Cultural Helénico de la Ciudad de MéxicoLa pieza está inspirada en la vida, desaparición y búsqueda de mi madre homónima, Alicia de los Ríos Merino, una militante de la Liga Comunista 23 de Septiembre, detenida el 5 de enero de 1978 por la Brigada Especial y desaparecida hasta hoy. 

Conocí a Jorge Vargas, Alicia Laguna, Eduardo Bernal y Luis Mario Moncada en diciembre de 2024 y me invitaron a colaborar en una creación artística; compartí con el equipo la investigación documental de cuatro décadas y después realizamos múltiples entrevistas y trabajo de campo. En la casa familiar en Chihuahua, la compañía descubrió otro archivo: los objetos de las personas ausentes.

En el escenario represento a Alicia nieta (historiadora y buscadora), a Alicia madre (desaparecida) y Alicia abuela (buscadora fallecida).  Nosotras tres narramos en cuatro capítulos los orígenes familiares en Chihuahua, la desaparición forzada en la colonia Vallejo de la Ciudad de México, la militancia radical en Oblatos, Guadalajara y la eliminación contrainsurgente en Pie de la Cuesta, Guerrero. En tanto, Shantal Saad, actriz y cantante, despliega frente al auditorio el archivo de objetos. 

El dibujo a lápiz y tinta de mi madre, realizado por su prima Elsa en 1975, forma una nueva composición junto a la cunita azul en la que, en marzo de 1977, me envió con su familia a Chihuahua, a la edad de un mes. Shantal me arropa con el abrigo de Martha, la tía que siempre buscó a su hermana. Mientras se relata la muerte de mi padre, Enrique Pérez Mora, “el Tenebras”, Shantal desdobla y muestra la única herencia material que poseo de él: un pantalón, una camisa y un suéter desgastados por el tiempo. 

En Vuelos nocturnos sobre un mar sin fondo, los objetos domésticos de las personas ausentes revelan historias generales de las comunidades victimales: las ropas que se quedaron en las casas de seguridad insurgentes, en hospitales o en los hogares; las cunitas en las que las mujeres guerrilleras pusieron a salvo a sus bebés; las últimas imágenes que sus familias retuvieron de ellas. Cosas cotidianas convertidas en poesía, imagen y memoria, pese a todo. 

 

Ante el desconocimiento de las violencias contemporáneas en México, ejercicios memorísticos como La silla vacía y Vuelos nocturnos sobre un mar sin fondo invitan a construir y divulgar otros archivos que, además de recordar a las personas ausentes, sostengan las demandas de justicia, verdad y reparación integral del daño y abonen al gran propósito común: evitar que el horror se siga repitiendo. Convidando de la vida misma, quizá un día sea posible.